Silo: Habitamos un panóptico digital

Una de las características principales de las heterotopías es su capacidad para reunir en un solo lugar elementos que normalmente estarían dispersos o separados en otros contextos.

La serie SILO basada en las exitosas novelas de Hugh Howey, y creada para la televisión por Graham Yost, es una historia postapocalíptica que habla de una micro sociedad formada por 10.000 individuos que viven bajo tierra en una torre invertida de 144 pisos.

No hay vida. El aire está contaminado y es imposible salir. Nadie sabe cómo se produjo la catástrofe ni cuánto tiempo llevan allí encerrados. Y, sobre todo, se desconoce cuándo podrán visitar la superficie.

Para entender el control en el Silo, hay que mirar su arquitectura. Michel Foucault popularizó el concepto del Panóptico (originalmente diseñado por Jeremy Bentham): una torre de vigilancia central rodeada por una estructura circular de celdas. Lo brillante del diseño es que los prisioneros saben que pueden ser observados en cualquier momento, pero no pueden ver si el guardián los está mirando realmente en ese instante. ¿El resultado? El prisionero se vigila a sí mismo. Se vuelve su propio carcelero.

Michel Foucault, uno de los filósofos más influyentes del siglo XX, desarrolló un enfoque radicalmente innovador sobre la relación entre poder y conocimiento. Entre sus contribuciones, destaca la noción del “panóptico”, una metáfora que describe cómo los sistemas de vigilancia moldean comportamientos individuales y estructuras sociales.

En el Silo nadie sabe con certeza cuándo lo están observando a través de los sensores o quién va a reportar una «reliquia» prohibida. El miedo a ser denunciado o a ser enviado «afuera a limpiar» hace que los ciudadanos se vigilen entre ellos y se auto-censuren en la intimidad de sus hogares de estética sesentera, vivir en ese espacio en penumbras encadenados a las sillas de cafetería,  pueden ver la superficie a través de una gran pantalla. Al igual que les sucedía a los habitantes de la caverna de Platón.

De los espejos espías al rastreo en el bolsillo

En el Silo, el control es analógico y paranoico. Para vigilar a la población, el poder político oculta cámaras detrás de espejos bidireccionales en los comedores y pasillos. Hay personas reales en centros de monitoreo mirando monitores parpadeantes, buscando cualquier señal de subversión o cualquier «reliquia» no autorizada. Es una vigilancia que requiere esfuerzo, cables y secretos.

Hoy, nosotros no vivimos en un cilindro de concreto subterráneo, pero habitamos un panóptico mucho más sofisticado: el smartphone.

Nuestra realidad, sin embargo, dejó obsoletos los espejos de la serie. Hoy habitamos un panóptico infinitamente más letal porque es completamente invisible y voluntario.

No hizo falta que ningún gobierno totalitario instalara cámaras en nuestras casas; nosotros compramos el dispositivo, lo cargamos por la noche y nos aseguramos de que tenga batería antes de salir. El smartphone en nuestro bolsillo registra sin descanso un rastro biométrico y conductual que Judicial ya quisiera para sus archivos:

  • Nuestra ubicación exacta: Las coordenadas en tiempo real de a dónde vamos, qué rutas tomamos y a quién visitamos.

  • Nuestras relaciones: Con quiénes hablamos, qué palabras usamos con mayor frecuencia y a qué horas nos comunicamos.

  • Nuestras vulnerabilidades: Qué compramos, qué buscamos a altas horas de la madrugada en Google, qué nos genera ansiedad y qué nos detiene el scroll.

A diferencia de los ciudadanos del Silo, que sienten la fricción del control y sueñan con rebelarse contra los opresores que los miran tras el cristal, nosotros alimentamos al vigilante con cada clic. El verdadero triunfo del panóptico digital no es que nos espíen, sino que hayamos convertido el aparato de monitoreo en nuestro objeto más querido. 

Si te gustó este análisis, no te pierdas el resto de nuestra serie sobre tecnología, control e identidad.

Hopper 

 mostró la pecera de cristal donde nos da miedo estar dentro pero incómodos fuera.

Bauman 

nos explicó cómo, para sobrevivir en este mercado, nos convertimos en mercancías.

La IA 

advirtió sobre cómo delegamos de forma perezosa nuestra mente a las máquinas.

Silo y Foucault cierran demostrando que el diseño de esta red no es inocente: las interfaces fáciles, los colores brillantes de las apps y la comodidad de llevar el mundo en el bolsillo son el diseño perfecto de una celda transparente.